Me quedé a su lado, sosteniendo su mano, buscando la culpa. En cambio, encontré resolución.
—Te amo —susurré—. Pero necesito la verdad.
Después de salir, ingresé la dirección del almacén en mi teléfono en lugar de dirigirme a casa.
El edificio estaba situado en las afueras de la ciudad: filas de puertas de metal bajo luces fluorescentes zumbantes.
Desbloqueé la unidad.
Y mis piernas casi cedieron.
Dentro había cajas cuidadosamente apiladas, etiquetadas con la letra de Mark. Contenedores de plástico. Álbumes de fotos. Una funda para ropa colgada de un gancho. El aire estaba lleno de polvo y papel viejo.
Abrí la caja más cercana.
Fotografías.
Mark aparecía en ellas: más joven, pero inconfundiblemente él. La misma sonrisa. La misma postura. Las manos metidas en los bolsillos, como siempre.
Pero no estaba solo.
Una mujer estaba a su lado.
Las fechas impresas en las fotos hicieron que mi corazón latiera con fuerza.
Eran de antes de conocerlo.
Me senté en un contenedor y seguí cavando.
Había invitaciones de boda con los nombres de ambos. Un contrato de arrendamiento firmado por ellos. Tarjetas dirigidas a «Mark y Elaine».
Y luego, un certificado de defunción.
De Elaine.
La causa de la muerte fue escrita en un lenguaje estéril y oficial que no explicaba nada.
—No —susurré en el silencio—. No.
No lloré.
Encontré una carta dirigida a Elaine de alguien llamada Susan que compartía su apellido.
Necesitaba saber quién era ella.
Cerré la unidad, busqué la dirección de Susan y conduje.
Su casa estaba a una hora de distancia: pequeña y deteriorada.
Me hice pasar por periodista investigando muertes sin resolver. La mentira me pareció desagradable, pero me abrió las puertas.
Susan parecía cautelosa y agotada de una manera que reconocí.
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