Si aceptamos la idea de que el alma elige a su familia, nuestra historia deja de ser solo una cadena de heridas y se convierte en un camino de aprendizaje. Esto no elimina el dolor, pero le da sentido. Nos saca del lugar de víctimas y nos devuelve el poder de elegir cómo vivir, cómo sanar y cómo transformar lo recibido.
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