2. La "desvalorización" del estrés frente a la recompensa. Cuando somos jóvenes, toleramos mejor las fricciones del viaje: conexiones perdidas, equipaje extraviado y asientos centrales estrechos. Las consideramos aventuras o males necesarios. Después de los 70, la relación entre estrés y recompensa suele cambiar. La carga cognitiva de navegar por sistemas de transporte desconocidos, gestionar tarjetas de embarque digitales y adaptarse constantemente a nuevos entornos puede provocar fatiga del viaje mucho antes. Muchas personas mayores descubren que el agotamiento mental de llegar a un destino empieza a superar el placer de estar allí. La comodidad de un entorno conocido, donde todo —desde la altura de la silla hasta la familiaridad del supermercado— se adapta a las necesidades de cada uno, tiene un profundo valor.
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